Su cabizbaja
mirada dejaba de serlo en esa cuadra, el paso se enlentecía aunque los pies aún
tropezaban, la boca se le ponía espesa y la saliva no fluía hacia ningún lado,
tragaba como un atragantado, sudaba agitado, desesperado miraba su anhelo. Empezaba mirando por lo hermosamente simple y
tierno de sus zapatillas, se detenía en
los pocos centímetros de pantorrilla donde el aire tocaba su piel y lo
envidiaba que sin permiso la tocase, luego bordeaba el contorno de su bello e
impecable vestido blanco con flores primaverales. Para cuando llegaba a su
cuello, ya no se acordaba si él seguía caminando o se había quedado quieto con
la boca abierta, simplemente no le importaba, era mayor la fantasía donde
estaba perdido, su cuello simplemente le erizaba la piel y el no entendía por
qué. Sus pecas por todo su rostro, para el parecían la mejor pintura de
brillantina, y sus ojos simplemente no
los entendía, solo se quedaba mirándola, todo el tiempo que pudiera. Se detenía
cuando sentía en sus hombros el dolor de lo pesado de los libros en su mochila,
volvía la cabeza y seguía caminado vestido de guardapolvo con sus compañeros de
vuelta a casa. Otro día sin ella pensaba, triste era su vida, al fin de cuentas
solo era un capullo que crecía.
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