Esa mirada que derrite, mía sola mía, almita purpura y turbulenta, que se arremolina en mi cuello, y descansa entre mis piernas. Delirio de piel tersa, mullido renacer amanecido, curvilínea figura refulgente que descansa en la cama. Duerme mi mujer, duerme como un ángel y desde mi cómodo lado vigilo tu pelo lacio cayendo sobre tu espalda, tus lunares uno por uno, tu cuenco fresco de vida, tus hendiduras espejadas en tu baja espalda, dignas de acariciar en la siesta, tus finos y delicados tobillos asomando por la sabana tímidamente.
Creo que entonces, en ese momento era feliz.
De mi autoría.
Para mi mujer.
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